Por: José Hilario López
La definición del fascismo como práctica social, es decir como la proyección de los odios como estrategia para destruir la democracia liberal, es la que mejor permite comprender el auge actual de las derechas en el mundo occidental. Repasar los orígenes del fascismo del siglo pasado permite Identificar síntomas y manifestaciones similares, que hoy se están presentando en el mundo occidental.
La democracia liberal está viviendo momentos difíciles. Según Beñat Aldalur en un artículo titulado “Fascismo en el siglo XXI. Una comparación histórica”, publicado en el 2021, podemos definir nuestro tiempo como un “presente absoluto”, objetiva y subjetivamente. Objetivamente, porque no pareciera que haya nada más allá de la subordinación total a que nos somete el capitalismo, en su versión neoliberal. Subjetivamente, porque la nuestra es una sociedad sin esperanza, incapaz de abrir la mirada más allá de la inmediatez. Como si fuera poco, el individualismo y la cultura del fracaso están arraigados entre muchos dirigentes que se consideran críticos del neoliberalismo. Esto significaría aceptar la situación actual como un presente perpetuado, aunque no todo está detenido, ya que muchas cosas están cambiando a velocidades vertiginosas. La democracia liberal está en crisis y los oligarcas internacionales (los Elon Musk, los Mark Zuckerberg y los llamados oligarcas rusos, entre otros), sin escrúpulos morales y con más herramientas de propaganda que los nazis, están siendo empoderados para salir airosos de esta situación.
Joseph Stiglitz, ex Premio Nobel de Economía, está convencido de que han sido los «mercados desatados» de Walter Friedman y Mark Hayek (los reconocidos ideólogos del Neoliberalismo) los que han puesto al mundo en el camino del «fascismo del siglo XXI». Si el temor original de los neoliberales se fundaba en el poder omnipresente del Estado, lo que tenemos ahora son magnates al frente de empresas privadas con un poder casi Orwelliano para moldearnos. Aun así, hay esperanza, afirma Stiglitz.
En su reciente libro “Camino de libertad. La economía y la buena sociedad”, Stiglitz lamenta que la derecha se haya adueñado de la retórica de la libertad en los Estados Unidos (y en gran parte del mundo occidental). Su contundente respuesta es que los demócratas liberales no han sabido explicar el concepto de libertad de una manera simple, comprensible para las grandes masas: que la libertad de una persona es la falta de libertad de otra. Por ejemplo, con la reciente pandemia se habló de la libertad de no usar mascarilla o de no vacunarse: con esto se le estaba quitando a alguien la libertad de vivir. Para nuestro caso, las libertades absolutas para los monopolios coartan las libertades de las grandes mayorías.
El neoliberalismo se propuso conseguir más libertad. Se trataba de la vieja libertad, y fue así como se amplió la libertad de las corporaciones para explotar a los demás. Se amplió la libertad, la de los Elon Musk para desinformar y para controlar la tecnología y los medios, las llamadas mass media. Esa libertad ha provocado menores ingresos y más desigualdad para el resto de la sociedad. La vida en EE. UU, el país supuestamente más rico del mundo, es miserable para amplios grupos de población, con una gran mayoría de gente indignada porque las cosas no van bien. ¿Y a quién echan la culpa? Trump con astucia llama a culpar a los inmigrantes y los demás países que se aprovechan de la supuesta magnanimidad del imperio. Pero el verdadero problema radica en la incapacidad del sistema norteamericano para controlar el poder de los monopolios.
«Lo peor de la era Trump ya ha comenzado: ha socavado el Estado de derecho al indultar a quienes, hace cuatro años, intentaron impedir la transferencia pacífica del poder», pero situaciones más graves están por venir. Caos e incertidumbre: Por ahora los republicanos controlan las dos cámaras del Congreso, lo que le permite a Trump poder causar un daño enorme a la institucionalidad de su país y al orden internacional. Trump está minando la confianza en todo el sistema democrático occidental. ¿Invadirá Panamá? ¿Se va a destruir el Derecho Internacional? ¿Se va a apoderar de Canadá, Groenlandia, Gaza y de los minerales (las tierras raras) de Ucrania? No lo sabemos, pero si sabemos que Estados Unidos tiene el poder para hacerlo. Afirmar que los inmigrantes están contaminando la sangre anglosajona del hombre blanco norteamericano, suena similar a las pretensiones del nacionalsocialismo al atribuir los males de la Alemania en la década del 30 del siglo pasado a la supuesta perversidad de los judíos.
Pero a diferencia de la nefasta época del nazismo alemán, hoy todavía no aparecen líderes como Churchill y De Gaulle para derrotarlo, o como Angela Merkel, que confrontó con decisión a Trump, en su primer gobierno, por el retiro de EE.UU del Acuerdo de París. Por fortuna, hoy existe la Unión Europea, referente de convivencia pacífica para el mundo.
La propuesta alternativa de Stiglitz para superar los males, el Neoliberalismo es la que el mismo ha bautizado como capitalismo progresista, una versión “revitalizada” de la socialdemocracia europea. Sin embargo, Europa tampoco ha quedado a salvo del populismo; pese a enorgullecerse de su Estado de bienestar, en parte, también ha sufrido los desastres del neoliberalismo. Por ejemplo, para lidiar con la pasada crisis económica se acudió a la fórmula neoliberal: austeridad, poner el dinero por encima de todo. Es así como Grecia todavía no ha recuperado el nivel de vida que tenía hace 15 años. El neoliberalismo no solo consistió en dar libertad a las corporaciones para que abusaran a su antojo, sino que también promovió el egoísmo y el materialismo, socavando la solidaridad social. La inmigración, aunque no es la causa de la desigualdad, para algunos países europeos ha generado movimientos racistas.
Con respecto al auge de la extrema derecha en países como España, Francia o Alemania, Stiglitz opina: La desigualdad crea un campo fértil para los demagogos y la derecha ha sabido sacar provecho.
En mi próxima columna me referiré a la vulnerabilidad de América Latina y del Caribe ante las políticas imperialistas de Trump.
P.S: Despido con profunda tristeza al ingeniero Ignacio Arbeláez Restrepo, mi amigo y compañero de tantas faenas ingenieriles. Un ser humano dotado de una gran inteligencia, capacidad de trabajo y fuerza mental para defender sus proyectos y convicciones. Mis sentidas condolencias para su esposa e hijos.